15 años de Sinfonía por el Perú: crecer, sostener y seguir transformando
Por Gabriela Perona, directora ejecutiva en Sinfonía por el Perú.
A veces los aniversarios institucionales corren el riesgo de convertirse en hitos formales; pero conmemorar los 15 años de Sinfonía por el Perú tiene un significado profundamente especial. Es celebrar la madurez y consolidación de una de las organizaciones culturales y de transformación social más emblemáticas del país.
Cuando me sumé a esta historia en el 2020, la organización ya contaba con una trayectoria sólida de nueve años, un legado enorme de núcleos en diversas regiones y una propuesta artística reconocida. Sin embargo, ese año nos tocó asumir el liderazgo en plena pandemia, en uno de los momentos más críticos de la historia reciente. En medio de esa incertidumbre global, el verdadero motor de Sinfonía se hizo evidente: un equipo humano que se desvelaba y trabajaba incansablemente para sostener la educación musical desde la distancia, cuidando y sosteniendo a miles de familias a través de las pantallas. Esa claridad absoluta de propósito es lo que ha mantenido en pie a la institución durante tres quinquenios.
Nuestra tarea en estos últimos años no ha sido empezar de cero, sino tomar una posta poderosa para hacer que la organización creciera, madurara y fuera sostenible en el tiempo.
Cuando hablamos de crecimiento, no nos referimos únicamente a la escala. Es verdad que en estos 15 años hemos acompañado a más de 35,000 niñas, niños, adolescentes y sus familias; pero ese despliegue ha sido dinámico. A lo largo de nuestra historia, hemos ido transitando por distintas regiones del país, adaptando nuestra presencia territorial a las necesidades cambiantes del entorno, donde las brechas sociales, la violencia y los desafíos de salud mental postpandemia exigen respuestas cada vez más complejas.
Nuestra respuesta ante esa realidad no ha sido solo intuitiva, sino rigurosa. Algo que caracteriza a Sinfonía por el Perú es una vocación genuina por evaluarse, por entender dónde se generan cambios que perduren y que vayan más allá de un eslogan. Por ello, parte del camino ha sido someter nuestro modelo a evaluaciones de impacto experimentales.
Los resultados han respaldado esta labor con datos contundentes: el paso por Sinfonía reduce significativamente los índices de violencia familiar, disminuye el trabajo infantil, eleva el rendimiento escolar y la comprensión lectora, reduce el embarazo adolescente y fortalece de manera medible las habilidades socioemocionales y la resiliencia de los beneficiarios.
Demostrar científicamente este impacto en el desarrollo humano nos obligó a elevar los estándares institucionales. Consolidamos enfoques transversales de salud mental, fortalecimos el trabajo con las familias y convertimos la protección y la salvaguarda en el emblema de nuestra labor: ningún proceso formativo es verdaderamente transformador si no ocurre en un espacio 100% seguro y protector.
Esa evidencia y maduración nos permite mirar el futuro con la ambición de saber que el cambio es tangible y replicable. En los últimos años, hemos profesionalizado la gestión y ordenado los procesos internos para consolidar un modelo escalable. Esta solidez ha permitido proyectar nuestra experiencia más allá de nuestras fronteras: no solo a través del escalamiento internacional junto al programa de orquestas y coros juveniles de Grupo México, o las giras de nuestros elencos de formación avanzada, sino también con el nacimiento de USA for Sinfonía, nuestra nueva organización en Estados Unidos, diseñada para amplificar y sostener el alcance de nuestra misión.
Este camino no ha sido lineal ni sencillo. Sostener una organización social implica atravesar tensiones, corregir rumbos, priorizar recursos y tomar decisiones complejas en entornos de alta inestabilidad. Sin embargo, frente a cada encrucijada, el centro de la brújula siempre ha permanecido intacto: las niñas, los niños y los jóvenes. Cada familia que lleva diariamente a sus hijos a nuestros núcleos nos entrega su confianza. Honrar esa responsabilidad es nuestro mayor deber ético.
Una institución con este nivel de impacto no se sostiene desde un escritorio; es una construcción colectiva. Al mirar hoy estos 15 años, el sentimiento predominante es la gratitud.
Gratitud hacia Juan Diego, cuya visión y liderazgo siguen siendo el gran impulso que nos permite abrir horizontes y sostener con energía este propósito. Gratitud hacia nuestros aliados, donantes y directivos que apuestan por este sueño. Y, de manera muy profunda, un reconocimiento al equipo humano que sostiene la operación diaria en la primera línea: las maestras y maestros que inspiran; los equipos gestores, coordinadores y administrativos; los psicólogos y voluntarios que cuidan; el personal de limpieza, utileros y equipos técnicos que hacen posible la magia detrás de cada clase; y por su puesto las madres y padres brigadistas que son pilares fundamentales de nuestra comunidad.
Pero sobre todo, gracias a nuestras niñas, niños y adolescentes. A ellos basta con mirarlos en una clase, un ensayo, un escenario o un pasacalle para renovar diariamente la certeza de nuestro esfuerzo diario
Sinfonía por el Perú seguirá apostando por la niñez. Continuaremos trabajando en cada territorio que nos toque habitar para que más jóvenes encuentren una comunidad que los proteja, una armonía que los invite a descubrirse a sí mismos, una plataforma de desarrollo y las herramientas para escribir su propio destino. Porque construir una institución no es solo celebrar sus logros; es sostener y cuidar su propósito en el tiempo.
Esta es parte de la historia que se sigue escribiendo cada día, nota a nota, transformando vidas a través de la música.
