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Sinfonía por la Paz: cuando la música se convierte en respuesta frente a la violencia ​

Sinfonía por la Paz: cuando la música se convierte en respuesta frente a la violencia

A través del arte, el fortalecimiento socioemocional y el trabajo comunitario, más de 1,200 niñas, niños y adolescentes de La Victoria, Rímac y San Juan de Lurigancho vivieron una experiencia que fortaleció sus habilidades para la vida, redujo su exposición a la violencia y promovió una cultura de paz.  

Por Flor Ayquipa, coordinadora de Intervención Social de Sinfonía por el Perú.

El arte como respuesta a la violencia estructural 

En Lima, la violencia dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en una experiencia cotidiana, especialmente en distritos como La Victoria, Rímac y San Juan de Lurigancho. Estas zonas concentran altos índices de criminalidad, violencia intrafamiliar, abandono escolar y pandillaje, sumados a desigualdad social, brechas de género, baja escolarización, débil presencia estatal, y fácil acceso a armas. Todo ello configura un escenario de alto riesgo para niñas, niños y adolescentes. 

Frente a esta realidad, la música ha emergido como una alternativa concreta de protección, expresión y transformación colectiva. Iniciativas como las impulsadas por Sinfonía por el Perú han mostrado que el arte fortalece autoestima, creatividad y habilidades sociales, alejando a la niñez de entornos violentos. 

De esta manera, en el 2023 nació “Sinfonía por la Paz: Comunidades empoderadas contra la violencia”, un proyecto de Sinfonía por el Perú, la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el Ministerio de Justicia del Perú, contando con el financiamiento de la Unión Europea a través del Programa de Asistencia para el Control de Armas y Municiones (PACAM). Más que un programa musical, fue una estrategia de transformación social para construir un futuro más seguro. Además, representó un hito institucional al consolidar la primera alianza directa con una entidad multilateral, lo que amplió el alcance territorial e impacto en la vida de cientos de niñas, niños y adolescentes.

Objetivos y pilares de intervención 

El proyecto buscó prevenir y reducir los factores de riesgo asociados a la violencia juvenil, de género e intrafamiliar, incluida la violencia con armas de fuego, mediante el fortalecimiento de habilidades para la vida a través de la enseñanza musical. 

Su intervención se organizó en cuatro componentes estratégicos: 

  • Formación artística y musical integral, para desarrollar habilidades transferibles. 
  • Entornos seguros y protectores, con apoyo psicológico comunitario. 
  • Ciudadanía activa y fortalecimiento comunitario, con un enfoque participativo.
  • Proyectos de vida para adolescentes, como ruta de futuro. 

Cada eje se tradujo en acciones sostenidas que hicieron de la música no solo un medio educativo, sino también una vía real para prevenir la violencia y promover transformación social.

Formación musical para la cohesión social 

Desde septiembre de 2023, Sinfonía por la Paz inició actividades en las tres sedes de Sinfonía por el Perú que funcionaban en colegios públicos de La Victoria, Rímac y San Juan de Lurigancho, beneficiando a más de 1,200 niñas, niños y adolescentes (en su mayoría entre 7 y 13 años) con clases de iniciación musical, orquesta, coro y el ensamble Puro Perú. En total, se acumularon más de 20,000 horas de formación y se realizaron 32 presentaciones en espacios comunitarios y culturales, fortaleciendo el vínculo entre arte y entorno. 

El proyecto también trabajó con adolescentes en situación de riesgo, llevando la música a dos Centros de Orientación al Adolescente en coordinación con el Ministerio de Justicia. Allí, más de 30 jóvenes con medidas judiciales recibieron clases de guitarra orientadas a fortalecer la expresión, la disciplina grupal y los hábitos de convivencia. 

La música se convirtió en un lenguaje para comunicar, resignificar conflictos y construir memoria. En contextos marcados por la desigualdad, cada clase fue más que una práctica artística: se transformó en un acto de cuidado y dignidad. Al tocar un instrumento o cantar en coro, niñas, niños y adolescentes reconstruían la forma en que se veían a sí mismos y al mundo, encontrando pertenencia, confianza y nuevas formas de vinculación. Así, la práctica colectiva abrió espacios de libertad, encuentro y comunidad, visibilizó la violencia y dio voz a las víctimas, permitiendo imaginar nuevas formas de convivencia. 

Entornos seguros y protectores 

El proyecto entendió que la prevención de la violencia debía extenderse a los entornos emocionales, familiares y comunitarios. Por ello, se implementó un componente psicológico integral que brindó 529 atenciones a niñas, niños, adolescentes, familias, instructores y equipo de las sedes, abordando factores emocionales y familiares que afectaban el bienestar colectivo. De esta manera, se realizaron también veinte talleres con adolescentes sobre autoestima, consumo de drogas, violencia sexual, relaciones afectivas y autocuidado digital, generando espacios de confianza y fortaleciendo la toma de decisiones. Con las familias, once escuelas para madres y padres reforzaron la comunicación y la prevención de riesgos, mientras que el programa de brigadistas capacitó a 61 madres y padres en protección infantil y primeros auxilios psicológicos, consolidando su rol como agentes protectores en los núcleos. 

El equipo artístico fue capacitado en detección de riesgos y acompañamiento socioemocional, ampliando la capacidad de respuesta institucional. Finalmente, las dos Ferias de Prevención de la Violencia movilizaron a más de mil personas entre estudiantes, familias y vecinos, combinando arte, juegos y conciertos liderados por adolescentes que asumieron un rol visible como líderes de prevención en sus comunidades. 

Trabajar desde la psicología comunitaria implicó asumir que la violencia no es solo un acto, sino una atmósfera. En muchas familias, el malestar emocional se hereda y se calla. Por eso, este componente fue crucial para romper ese silencio. Las atenciones psicológicas, los talleres con adolescentes y las escuelas para madres y padres permitieron visibilizar conflictos ocultos, construir narrativas de cuidado y activar redes de protección. Fue clave el compromiso de las brigadistas, mujeres que, desde su experiencia como madres, se convirtieron en agentes protectoras del núcleo y de su comunidad. Ellas representan una forma concreta de justicia desde lo cotidiano. 

Ciudadanía activa y comunidad desde el arte 

Uno de los mayores logros del proyecto fue su capacidad para trascender el aula y ocupar el espacio público con propuestas artísticas y comunitarias. Sinfonía por la Paz no solo enseñó música: también impulsó el protagonismo juvenil, el diálogo ciudadano y el arte como herramienta de incidencia social. 

En los tres distritos se desarrollaron proyectos comunitarios como murales colectivos, pasacalles contra el bullying y caminatas por la seguridad barrial, que visibilizaron el compromiso de adolescentes, docentes y vecinos en la construcción de territorios más seguros y cohesionados. 

El hito central fue CONVIVIR: Residencia y Festival Comunitario por la Paz, una semana de convivencia artística con 240 participantes de todo el país, que culminó con un festival en San Juan de Lurigancho ante más de 400 personas. Allí nació “Cantar por la Paz”, una cumbia creada colectivamente que se convirtió en himno del proyecto y testimonio simbólico del proceso vivido. 

Estas acciones mostraron que la ciudadanía no se enseña en manuales, sino que se ejerce con cuerpo, color y voz. Ver a adolescentes defender la convivencia pacífica a través de una canción propia fue entender que la cultura, más que expresión, puede ser una estrategia política para habitar el mundo desde la alegría, la memoria y la esperanza. 

Proyectos de vida 

El programa Construyendo mi yo del futuro reunió a 58 adolescentes de La Victoria, Rímac y San Juan de Lurigancho en un espacio de reflexión y proyección personal. A lo largo de cinco sesiones, exploraron intereses y aspiraciones, fortaleciendo autoestima y autoconocimiento para imaginar un horizonte posible. 

El 56 % logró elaborar un proyecto de vida concreto y todos reconocieron la importancia de contar con una ruta clara hacia sus metas. Aunque solo 25 completaron todas las sesiones, el impacto fue evidente: los adolescentes no solo consolidaron capacidades, sino que ganaron confianza en su futuro. 

Cierre e impacto 

El 28 de marzo de 2025 se realizó el Concierto de Cierre en San Juan de Lurigancho, con 195 participantes y más de 300 asistentes.  

Logros alcanzados: 

  • 1,219 beneficiarios directos. 
  • Más de 20,000 horas de formación. 
  • 32 conciertos públicos. 
  • 529 atenciones psicológicas. 
  • 45 adolescentes líderes comunitarios. 
  • Más de 1,000 personas movilizadas en ferias. 
  • 1 residencia y festival comunitario. 

Las evaluaciones confirmaron el impacto: el 86 % de participantes mejoró su bienestar emocional, el 76 % reforzó habilidades sociales y el 73 % se siente más preparado para identificar situaciones de violencia. El 87 % de familias reconoció cambios positivos en la convivencia y valoró el acompañamiento recibido. 

Una certeza compartida 

Desde la coordinación del proyecto, Sinfonía por la Paz se reconoce como un punto de inflexión en la trayectoria institucional de Sinfonía por el Perú. Si bien la organización cuenta con más de 14 años impulsando la transformación social a través de la música, esta iniciativa integró, por primera vez y de manera transversal, la prevención de la violencia como eje prioritario. Supuso, además, un posicionamiento claro frente a una problemática social urgente, con estrategias sostenidas que reforzaron el bienestar emocional, la participación ciudadana y los vínculos comunitarios. 

El cierre del proyecto no representa solo el fin de una intervención, sino la consolidación de un proceso colectivo que sembró capacidades, vínculos y horizontes posibles en comunidades históricamente atravesadas por la desigualdad y la violencia. Para la coordinación, lo vivido evidenció que la prevención no consiste únicamente en contener el daño, sino en construir condiciones de cuidado mutuo, reconocimiento y esperanza. 

Cuando el arte se convierte en herramienta pedagógica y comunitaria, como ocurrió aquí, abre rutas reales de transformación y genera espacios donde niñas, niños y adolescentes pueden imaginar un futuro distinto. Esta experiencia reafirma una convicción: ante contextos complejos, la acción conjunta del Estado, la sociedad civil y las comunidades (sostenida en la escucha, el respeto y la sensibilidad) tiene la capacidad de modificar no solo entornos, sino también trayectorias de vida.

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